Por VENECIA JOAQUIN
Todos conocemos, aunque sean pinceladas, de la vida personal y profesional del profesor Juan Bosch. Fue un líder valioso y ejemplar. Como literato y político se dedicó a sembrar principios para elevar el nivel educativo y cultural de la población y formar dirigentes que contribuyeran al desarrollo armónico y equilibrado de la sociedad.
Le preocupaban los desamparados y marginados, “los hijos de machepa”, como le llamaba. Quería cerrar la brecha que los separaba de los ricos, los “tutumpotes”, creando conciencia de que los recursos eran para toda la población y no debían ser discriminados. Sus enseñanzas las daba, no solo con teorías sino también con sus acciones y estilo de vida. No tenía vivienda propia. Aceptó una, sencilla, funcional, sin lujo, que no abofeteara la miseria del pueblo. La recuerdo perfectamente.
Don Juan era conocedor de las clases sociales. Quería igualdad, respeto, bien común. Rechazaba lo que olía a dictadura, afán de riquezas materiales, oligarquía y gobiernos que abusaban del pueblo. Sus lecciones eran sencillas pero profundas. “Si la vida te da un limón, prepara una limonada”. “Servir al partido para servir al pueblo”. Trataba de que invadieran la estructura de las organizaciones que formaba, enfatizando la igualdad y honestidad.
Su misión era terminar con la injusta distribución de la riqueza, con depredadores del pueblo, que usaban el poder para beneficio propio. Sus ideas penetraron, tomaron una fuerza aplastante. La población le creía y confiaba. Balaguer entendió que con esa corriente opositora, no había nada que hacer y decidió apoyar a Leonel Fernández, su candidato presidencial. Unieron y elevaron sus manos junto a la de Bosch, líder del partido, el PLD y un poco enfermo, en un inolvidable acto publico.
La escena recordaba aquello de que “cuando no puede vencer al enemigo, únete, aunque sea en apariencia”. Además, Balaguer, el líder del Partido Reformista, lucia tranquilo. Tenía una sonrisa misteriosa, como quien recuerda que “no somos suizos”, que el poder y la riqueza, deslumbran las mentalidades débiles, fácilmente influenciables. Parecía confiar en que rápidamente se desbordaría la ambición reprimida en algunos peledeista y tendría grandes aliados.
Si profanar es tratar una cosa sagrada sin el debido respeto, si es hacer uso indigno de cosas respetables, los principios de Bosch y su partido, fueron profanados durante los doce primeros años que duro el gobierno del PLD. Los sepultaron, para darle paso a un “Balaguer chiquito”. Los “tutumpotes” no solo fueron mimados, apoyados y fortalecidos sino imitados. Surgieron nuevos millonarios de la cúpula del gobierno y del partido. La prioridad
estuvo en megaproyectos, aumentar la desigualdad, el hambre, miseria, el déficit fiscal, comprar conciencias.
Los principios de Bosch, se mancillaron. Se esgrimían para anestesiar, engañar y hacer lucrativos negocios personales. El que su tumba fuera profanada, es fruto del irrespeto fomentado. El hecho de que la prepararon con la escultura de una gaviota y que sea extensión del Panteón de la Patria, no significa nada mientras impere la corrupción, impunidad y desigualdad en la sociedad.
El mejor homenaje a Bosch, hubiese sido que cambiaran el sistema discriminatorio e injusto, por otro donde todos tuvieran acceso a mejorar sus vidas. Debe ser doloroso, observar desde lo alto, como la “minita” sepultó sus lecciones para acomodarse junto a los “tutumpotes.
A nadie sorprende, que destaquen lo relativo a la profanación de la tumba, movilizando con rapidez a los altos jerarcas del partido y del Estado, para buscar los culpables, someterlos al orden y hasta llevarlos a la cárcel. Que pena, que no suceda lo mismo con los que han profanado el gran tesoro que le dejó a la nación: sus valores morales y cívicos. Oh, Dios, ¡Que descarados y mediocres lucen!!
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