Padres que lideran el rescate: los héroes que por décadas han dado la cara por Santiago

 

El general Milton Alexis Moscat López y Francisco Alfredo Arias Tolentino

El general Milton Alexis Moscat López y Francisco Alfredo Arias Tolentino

Este domingo en República Dominicana se celebra el Día de los Padres, y en muchas casas en Santiago tendrán al frente de la mesa a un hombre que, además de criar a sus hijos, ha dedicado buena parte de su vida a que otras familias conserven la suya. 

Esta es la historia de dos de ellos: un general que empezó lustrando zapatos en una esquina del barrio y un niño de La Cuesta de los Pepines que, a los 13 años, ya cargaba el uniforme de un rescatista. Cuatro décadas después, ambos son un símbolo de rescate y de lucha en momentos de catástrofe en la ciudad.

En la calle Aquiles Michel número 64 nació, en 1961, Milton Alexis Moscat López. Desde niño aportó al sustento de su familia lustrando zapatos y haciendo mandados para los vecinos. En la esquina de Cuba con Aquiles Michel plantaba su cajón todos los domingos, con una meta muy concreta: ayudar a su madre.

“Esa esquina de la Cuba con el Aquiles Michel, ahí yo plantaba mi limpiabotas todos los días, y los domingos, cuando hacía los 35 centavos entonces me iba a la matiné”, explica.

Fueron sus propios hermanos quienes lo introdujeron, siendo muy niño, a los Cuerpos de Rescate. Uno de ellos, incluso, llegó a ser jefe del Cuerpo de Bomberos de Santiago.

“Bueno, ya esto es una historia familiar. Parte de mis hermanos fueron miembros del cuerpo de bomberos de Santiago, dos de ellos en los años 70. Mis hermanos fueron parte de los que trabajaron cuando el ciclón David”, afirma Moscat.

En 1984 se integró oficialmente como bombero de Santiago, tras dos años de servicio honorífico, sin salario.

“Yo duré dos años dentro de los bomberos, pero sin cobrar. Para la fecha ya yo tenía hijos, entonces ese dinero de buscar lo de la leche yo lo cuadraba cubriendo los días a los bomberos que iba de fin de semana: yo me quedaba y entonces me pagaban el día, y así yo llevaba el sustento a mi casa”.

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Su vida ha estado, de manera frecuente, en riesgo, en múltiples ocasiones ha estado al borde de la muerte en labores de rescate. Una de las que más recuerda es en un almacén de la calle 16 de agosto con España, en el centro de la ciudad, cuando quedó atrapado bajo sacos de arroz, a la sazón aún no existían los sistemas de alarma modernos.

“Yo me defendí, yo no sabía por dónde iba a salir, luchando y luchando en medio de esos escombros, salí debajo de ese lugar hacia otro negocio próximo, ahí donde quedaba el Supermercado Victoria, un poco más para abajo, por ahí vi una pequeña claridad y, más o menos, fue que pude salir”.

Pese a toda su capacitación en materia de rescate a nivel internacional y nacional, para el general Moscat, el tiempo ha sido su gran maestro y le ha enseñado que la vocación de servicio implica un compromiso que no se negocia.

“A los jóvenes uno siempre les dice que esto es una institución que requiere de mucha responsabilidad, pero ante todo requiere de una vocación de servicio, porque salvar vidas no tiene precio. Y quienes estamos aquí iniciamos con un propósito de servir”

El niño de La Cuesta de los Pepines que nunca dejó de rescatar

En el sector La Cuesta de los Pepines nació Francisco Alfredo Arias Tolentino, hijo único de padre y madre. Desde los cuatro años se crio con sus tíos y, siendo muy pequeño, aprendió a trabajar para ganarse la vida.

“Yo era limpiabotas, fui carretillero en el hospedaje Yaque, fui vendedor de correa en la calle, vendía pan, fui aprendiz de mecánica”.

Antes de la Defensa Civil hubo otros uniformes. Con apenas 13 años, en 1982, Arias ingresó a los Cadetes Paramédicos y Civiles, un grupo dirigido por el comandante Reyes que había surgido en el sector Sánchez Pañero y que se expandió hacia la zona sur de la ciudad.

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“Yo era menor, e inclusive siendo menor, cuando ingresé en ese grupo, ostenté todos los rangos del grupo”

De ahí pasó a Los Cuervos, una unidad especial desprendida de los propios Cadetes Paramédicos y Civiles. Y cuando ese grupo se disolvió, Arias no se quedó esperando otra oportunidad: la creó. Reunió a un puñado de muchachos del barrio, entre ellos Filión, Tolentino y Guevara, y fundó Los Defensores al Rescate, un colectivo de menores, dirigido por un menor, que entrenaba a la juventud del sector en auxilio y rescate.

La disciplina era, según él mismo cuenta, casi militar: camisa blanca, pantalón negro, cortesía y orden cerrado. Tanto, que cuando desfilaban por la calle El Sol los confundían con guardias, y el grupo se llevaba siempre el premio en los desfiles de la Defensa Civil.

Los Defensores al Rescate se mantuvo activo hasta que, ese mismo 1982, Arias dio el paso hacia la Defensa Civil. Entró como voluntario, pero no llegó con las manos vacías: traía ya el rango ganado en años de entrenamiento. Junto a Narciso García, fue nombrado coordinador general de brigada, al frente de dos batallones dedicados a formar a otros voluntarios. De ahí en adelante ocupó, uno tras otro, prácticamente todos los cargos de la institución.

En más de 40 años de servicio ha ocupado todas las posiciones dentro de la institución y actualmente es subdirector nacional de la Defensa Civil. Se ha formado a nivel internacional en gestión de riesgo, extricación vehicular y paramédico, y ostenta un título de nivel superior en gestión de riesgo.

Ha sido protagonista de algunos de los operativos más difíciles del país: la caída del avión procedente de La Habana en Puerto Plata, el huracán George y las tormentas Olga y Noel en Santiago, donde decenas de personas murieron. Con impotencia recuerda que, en aquel momento, no contaban con equipos suficientes para el rescate.

“¿Tú recuerdas donde estaba el Inespre en Nibaje, que eso era un techado lleno de gente encima? Yo veía cuando esa gente se la llevaba el río, todo porque se desplomó. Y no teníamos los equipos necesarios, los lazos... no teníamos nada”.

Para Arias, el barrio en el que naces no define lo que puedes llegar a ser.

“Siempre digo que no importa del barrio que tú seas, tú lo puedes lograr. Hoy nos sentimos satisfechos porque he logrado todo lo que he querido, gracias a Dios primero”.

Por su compromiso con el servicio social y con las comunidades más necesitadas, el Ateneo Amantes de la Luz le concedió el Premio Peña y Reynoso al Magisterio Nacional, en la categoría Servicio a la Comunidad.

“Me sentí plenamente agradecido, por el equipo, por la directiva, que paso a paso ha visto mi trabajo”.

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Padres de una ciudad entera

Milton Moscat y Francisco Arias no comparten apellido ni la misma infancia, pero sí un mismo punto de partida: la calle, el trabajo temprano y la necesidad de servir a otros antes de servirse a sí mismos.

Cuatro décadas después, ambos siguen haciendo lo mismo que empezaron a hacer de niños: entrar donde otros salen corriendo. Un almacén en llamas, un río que se sale de su cauce, un avión partido en dos sobre una montaña, una presa que no da tregua. Ahí han estado, uno con el uniforme de bombero, el otro con el de la Defensa Civil, sosteniendo con las manos lo que el desastre amenaza con quitarle a otras familias.

Ese es, quizás, el oficio menos visible de la paternidad que ejercen: mientras crían a sus propios hijos, cargan también con la responsabilidad de que otros padres, en otras casas de Santiago, puedan seguir criando a los suyos. Cada vez que salen de madrugada hacia una emergencia, lo hacen sabiendo que su ausencia en la mesa puede significar que, en algún lugar de la ciudad, una familia entera se queda completa.

La ciudad se lo ha reconocido, ambos han sido distinguidos como Hijos Meritorios de Santiago y han recibido el Premio Peña y Reynoso al Magisterio Nacional, en la categoría Servicio a la Comunidad.

Este domingo, mientras Santiago celebra a sus padres, vale la pena detenerse en los que también son padres de una ciudad entera, los que llevan décadas rescatando vidas para que otros puedan llegar a tiempo a celebrar las suyas.

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